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Sobre el nombre y otras cosas

Estas son ficciones y otras cosas que surgieron a comienzos de un verano. Mucho tiempo después, me puse a contarlo sobre el papel y a través del teclado.

Esto es algo que me digo y que pongo como razón de ser de este blog que ahora estás visitando.

Al principio intentaba, alguna que otra vez, abrir un blog, pero al punto de abrirlo lo cerraba. No tenía una razón particular ni para abrirlo ni para cerrarlo. Del mismo modo lo intentaba con las redes sociales. Las cerré todas.

Solo mucho tiempo después abrí un blog que me duró cierto tiempo. Se llamaba Bocetos para escribir, y todavía se llama así por que sigue público aunque dejé de alimentarlo por una necesidad interna, por una necesidad de cambio.

Ahora estoy aquí. Y aunque no sé cuánto me ha de durar, de momento lo disfruto.

Me llamo Olga. Rocío es mi segundo nombre y el mes de junio es, junto con el de septiembre, una de mis épocas favoritas del año. Diciembre entraba antes en el grupo de preferencia, pero de pronto se salió de él. Junio y septiembre tienen ambos, a su manera, eso que caracteriza a las épocas de transición, de inicio y de término; quizá son solo reminiscencias de mi actividad como profesora.

Me podéis llamar con el nombre que os venga más a mano, Olga o Rocío, y en cualquier caso, muchas gracias por pasar, leer y, si es el caso, por comentar. Y si os apetece contactar conmigo, podéis enviarme un mensaje a través del apartado de contacto.

Veo, leo, escucho (4)


Me despierto a las cuatro de la mañana más o menos. Ahora es así a cada cierto período de tiempo. Y yo ya sé que no voy a dormir mucho desde antes de meterme en la cama. Lo sé. Al principio era una sensación desagradable porque yo sentía placer en dormir, en caer rendida al telón del sueño, pero, claro, luego cambiaron las cosas, y tantas veces que cambiaron. No es solo lo fisiológico, de hecho, aunque con frecuencia se lo achaqué, lo fisiológico solo ha hecho lo suyo, esto es, un apoyo donde sujetarme. Me ha dado la excusa. La cuestión es que cambiaron muchas cosas y cada cosa, hasta que cambió, duró demasiado. La plasticidad neuronal de la que se habla se iba anquilosando en la espera del cambio. Es como cuando te afincas tanto en un lugar que ya te da pereza dar el primer paso. No hablemos del miedo, de la ansiedad; nada de eso, aunque estuviera todo ahí. El paso del tiempo, el paso del tiempo, el paso del tiempo.

Cuando era jovencita, como les pasa a mis hijos ahora, tentamos a la noche, la provocamos con insomnios inducidos y entonces creamos lo no creable. Escribimos si escribimos, pintamos si pintamos, vemos películas si las vemos, leemos si leemos… Leemos, leemos, leemos. No hablo de los problemas que se arracimaban en la mente: ese examen para el que no habíamos estudiado, ese amigo al que debías decirle algo, que mejor no decírselo, pero no podías aguantarlo ahí dentro. Tu madre, tu padre, tus hermanos. La espiral inagotable que asciende como la de una escalera de caracol de un faro. La escalinata al templo inexistente del lama Rinpoché, yo sé qué sé, por decir un nombre que quedara bien. Ya está. No se trataba de esos viciados pensamientos, sino de la tranquilidad de contar con el tiempo. Y entonces nos hacíamos insomnes, bueno no todos, que los había que caían como sacos de trigo en sus camas desde que son niños y no hay alucinación nocturna que los tiente. Pero para los que no, y yo me encontraba entre estos, sabíamos lidiar con las horas altas y tempranas mediante alquimias de la seudocreatividad. Lo que se nos ocurriera. Hasta imitar a los personajes de nuestros lectura, de nuestras películas, a los cantantes que escuchábamos una y otra vez hasta dejarlos afónicos; dejarnos mecer por una melodía sin letra que surgía de una radio a veces, o con frecuencia, mal sintonizada.

El paso del tiempo lo cambia todo. Qué obviedad. Y ya no sé qué estaba diciendo, Ah, sí, que hoy me he despertado a las cuatro de la mañana y que he hecho —a decir verdad ya lo he hecho un par de veces más; he sido osada y me he batido con el anquilosamiento de mis neuronas—, lo que habría hecho en cualquier momento de ese pasado remoto. He cogido lo que me quedaba del volumen de Hebe Ubart y he terminado de ingerirlo. Al final del todo, en el cuento que da nombre al libro, figura la siguiente cita:

Ahora el tiempo me parece paradójicamente más corto y más largo a la vez. No suspendo el tiempo en función de algún hecho central en el que antes ponía todas mis fantasías; ahora es como si todo fuera importante e irrelevante a la vez. Y si el tiempo se ha adueñado de mí, me parece que me he hecho a la vez más dueña del tiempo. Ojalá que me dure.

Un día cualquiera, Hebe Uhart.

Después de leer esto último, me dormí.

Leo, veo, escucho (3)


Hace mucho tiempo había una chica a la que le gustaba fantasear. Se tragaba cualquier película que tuviera que ver con los cuentos de siempre, a veces los llamaban cuentos de hadas. Pero también veía otras cosas.

Se quedaba a ver las sesiones cinematográficas que echaban hacia la medianoche y terminaban entrada la madrugada. Esto hacía que durmiera poco, cuando se quedaba a verlas, pero era lo de menos. Peor sería si no las hubiera visto.

¿Por qué sería que ponían estas joyas en las sesiones de la medianoche? No tenía mucho sentido. Pero el caso es que había en ello cierta resistencia al sistema y a la chica, sin darse cuenta de ello, no le parecía del todo mal la hora. Posiblemente le atrajera esa misma resistencia al sistema; ella que se pensaba tan taimada.

La cuestión fue que un día vio una película que la dejó clavada a la mesa de la cocina. Ella solía sentarse sobre su superficie. La superficie de un enorme grueso tablero de pino barnizado por sus propios padres. Era una superficie agradable. Empezaba por sentarse en la esquina y terminaba por deslizar el culo hasta que las corvas de las piernas rozaban los bordes de la mesa.

Sus padres dormían. Sus hermanos, que los tenía, no parecían vivir por aquella época en la casa; al menos no los recordaba. Estaba sola y le gustaba, aunque no se lo dijera así, tal cual, en su cabeza.

¿Qué había en la película que le dejara de tal manera clavada al tablero de la mesa en una cocina? No supo bien qué tiempo después. La historia iba de una bailarina ambiciosa. Adoraba bailar. Ya también iba de un hombre, el dueño del ballet, el mecenas también, que exigía dar la vida por el baile. No admitía otro amor en el baile que no fuera el propio baile. Entre la exigencia de este hombre y la ambición, el firme propósito de la bailarina, residía el combate de la vida. Las opciones que podían tomarse eran mínimas.

Tiempo después, la chica que se quedó clavada en la mesa de la cocina leyó Las zapatillas rojas de Andersen, la historia original —no en danés, claro—, y se preguntó cuánto de lo que había sido ella entonces, de la persona que estaba en la cocina frente a la televisión viendo la película a altas horas de la noche, seguía existiendo. Probablemente todo y nada. La cuestión era que por fin se leyó la historia original —la de Andersen— y que no supo con qué quedarse, así que pensó que la historia no tenía una sola construcción, ni un solo autor; además, Andersen pillaba del repertorio popular. La historia era el conjunto de todo ello: el pasado, la película, su estar en la cocina hasta la madrugada, y el tiempo después, la lectura, y su comprensión de todo ese ciclo vital de una historia.


Las zapatillas rojas (The Red Shoes), 1948. Película dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger. En ella preside el baile, el ballet. Está inspirada en el cuento de Hans Christian Andersen del mismo nombre, pero no es fiel a su argumento, tan solo el ballet (aunque no exactamente), que es el elemento principal de la trama en la película.

Leo, veo, escucho (2)

Leo

Las cosas que son sencillas no se escriben de una determinada manera para llamar la atención, sino para elegir la expresión exacta, y todo según quien lo escribe. Si no escribes para ti, no escribes para nadie.

Estoy leyendo y acabando el libro de Hebe Uhart, Un día cualquiera. Como con todo lo que voy registrando aquí o en mi cuaderno acerca de lo que leo, veo o escucho, mi propósito es pequeño. Son recordatorios o anotaciones que dejan constancia. Puede que en el camino atraigan otras cosas, o no.

Anoto una cita de un cuento que aparece en este volumen. El cuento se llama Mi barrio y los vecinos, y la cita dice así:

«En la conversación, ninguna de las dos quería mandar y yo me iba sintiendo decir las cosas importantes pero no para darme importancia, para que ella me escuche. Ella me escuchaba y sonreía. Y ahí sí que era como si hubiera encontrado mi lugar; ese lugar quería yo, quería ser amiga de ella para siempre, pero ella estaba de vacaciones o algo así.»


Hace un par de días, en una conversación con mi marido que tenía que ver con algo de la política, él me dijo que el día que hubiera más mujeres liderando los partidos —que también habría personajes que no nos gustaran tanto, claro—, pero que el día que hubiera más mujeres liderando se comprendería más el sentido de pactar, de dialogar, de que no habría blancos y negros, sino grises y colores cremas. Porque de momento, lo que hay y el discurso en el que nos movemos pende solo de los egos. Y así vamos, masticando y tragándonos los egos de otros más los propios.


Veo

Acabo de terminar una serie que echan en HBO, DEVS. Creo que es a raíz de esto por lo que estoy escribiendo este registro de determinada manera, y es que en es esta serie se trata del determinismo o predeterminismo de nuestros actos, de la vida. Pero trata de muchas cosas más.

En su breve lentitud de miniserie me encuentro durmiendo ahora.

A finales de un junio cualquiera

Dedicado a un parque.


A finales de un junio cualquiera comenzaron a establecerse los primeros lectores del Tarot en el parque que había muy cerca de donde vivía Daniela. Se trataba de un parque agreste, boscoso con forma triangular y rodeado por tres vías anchas por las que no cesaban de circular todo tipo de vehículos. El ruido era atronador la mayoría del tiempo excepto en plena época del estío, sobre todo, cuando el día cedía ante la noche.

Daniela tenía dieciocho años. Acababa de terminar el último curso de bachillerato y le quedaba poco para realizar el examen de ingreso a la universidad. En realidad, se lo estaba pensando, lo de hacer el examen de ingreso. Era una prueba por la que no sentía el menor interés ni aprecio. No le parecía útil para emprender un nuevo camino, cuando no sabía qué camino tomar. Pero así eran las cosas en su casa. Lo tenía aprendido. Era mejor que lo hiciera.

Era viernes. El resto de sus compañeros se preparaban para salir y despejarse de sus estudios. En su círculo no había malos resultados, tampoco extraordinariamente buenos. Pero todos iban a por el examen de ingreso a la universidad. Era así en esa época. La universidad. Daniela que, dicha sea la verdad, no era de salir mucho, prefirió desmarcarse de la quedada general en un principio. Sin embargo, no se sentía con ganas de seguir estudiando ni tampoco de permanecer en casa. Desde la ventana de su cuarto podía ver las copas de los árboles más altos del parque. La propia desgana le predispuso a salir para pasear por las veredas escondidas que desde su ventana no lograba ver. El tiempo transcurrido entre la decisión y el acto apenas ocupó un segundo de su pensamiento. Daniela salió de su casa y penetró en el parque. 

En el mismo momento de emprender el camino, quién sabe por qué, se lamentó de no haberse sumado al grupo que estaría a punto de reunirse al otro lado del parque y pensó que aún le quedaba tiempo para acudir a la hora prevista. Daniela caminaba por entre los árboles atajando todavía con el rugiente tránsito del tráfico en sus oídos. A medida que avanzaba, sin embargo, y se aproximaba al corazón de los jardines donde las ramas acababan por apartarse y descubrían una pradera coronada por un estanque artificial, el ruido iba muriendo hasta desvanecerse. Dio paso al sonido del roce del aire entre las hojas y el canto de las aves que habitaban el lugar.

Pero lo insólito del lugar en ese momento no era el canto de los pájaros o el cese del ruido del tráfico trepidante, sino que era viernes, vísperas de un fin de semana, y apenas había gente paseando por los senderos que circundaban la pradera o remando en las rústicas y pequeñas embarcaciones del estanque. De hecho, Daniela sintió que de las pocas personas que llegó a divisar al acercarse al claro del parque, algunos ya se iban también retirando. Después de transcurridos unos minutos comprendió que estaba prácticamente sola. ¿Cómo no se había dado cuenta de ello hasta el final? Pues porque durante esos mismos minutos del final miraba y no miraba. Se había quedado encerrada en su mente con el murmullo interior de pensamientos como único acompañamiento de su progreso. Pero la ausencia de voces humanas, el leve golpeteo de una barca que acababan de abandonar contra la madera de la que estaba hecho el embarcadero, el rumor de los árboles, los plátanos de sombra, los castaños de indias y los álamos plateados, todo ello orquestando una melodía sostenida, le hizo mirar de nuevo hacia fuera. A lo lejos, al otro lado del estanque, se veía la figura de una sola persona que parecía sentada. Y sí, estaba sentada. Era una de las tarotistas del parque que había quedado rezagada, apurando el negocio hasta el último aliento. Era una mujer de unos treinta años. Tenía el pelo liso largo, de un rubio casi blanquecino, y le caía por ambos lados de la cara y la espalda como un manto de seda plateada. Llevaba un blusón de color del marfil y una falda estampada con enormes flores de un rosa muy pálido que le resbalaba por las piernas hasta el suelo.

Daniela no supo por qué examinó su propia ropa cuando la vio. Estudió sus pantalones de viscosa y el extremo inferior de su camiseta de algodón como si quisiera medir las circunstancias de que dos seres, dos mujeres —una más joven que la otra, desde luego— vestidas de forma tan diferente, pudieran haberse encontrado en ese momento y en ese lugar, así, casi a solas.

La mujer levantaba cartas de una baraja que tenía a su derecha y las disponía sobre la mesa. Después de repetir el mismo acto siete veces, se detuvo, apoyó las manos sobre la mesa con las palmas extendidas bocabajo y levantó los ojos. Daniela se sintió impelida por aquella mirada azul y gris a avanzar en su dirección. Cuando ya estaba a un metro de la mujer, esta le preguntó:

—¿Quieres que te lea las cartas?

—¿Es el tarot? —preguntó Daniela intentando adivinar las figuras en la distancia.

—Sí, es el tarot.

—No me apetece saber el futuro.

—Esto no es para conocer el futuro. Bueno, en parte lo es, pero a mí no me interesa leer  el futuro de una persona, sino facilitarle el camino para encarar su futuro. Las claves son del presente.

—Hay cartas oscuras.

—Las cartas oscuras tienen muchas lecturas. La muerte, si es a lo que te refieres, no es en sí la muerte, es un giro de la vida desde el punto de vista psicológico.

Daniela se lo pensó un poco y preguntó:

—¿Cuánto cuesta? 

—Si quieres pagar son 500 pesetas.

—¿Cómo que si quiero pagar?

—Eres mi última cliente hoy, así que…

—Bueno, ya veremos —dijo Daniela y se acercó con recelo.

No se había sentado todavía cuando de pronto el aire se levantó y rizó la superficie del estanque. La mujer barajaba las cartas. Daniela se quedó de pie frente a la silla vacía. Había girado la cabeza para mirar el agua. Una serie de olas pequeñas eran empujadas contra el embarcadero. El ruido del chapoteo que se había originado alrededor de las barcas ascendió y descendió. Finalmente, todo regresó al silencio.

—Tienes que cortar la baraja —le indicó la mujer.

Daniela por fin se sentó. Separó la baraja en dos y la mujer volvió a juntar las dos mitades. La mujer repitió el gesto ella misma y después separó el mazo en tres montones. Volvió a juntar las partes. A continuación, fue disponiendo las cartas que levantaba de la baraja en forma de cruz. A medida que lo hacía se tomaba su tiempo y le hablaba a Daniela.

—Ahora piensa en ti. En tu momento presente.

Daniela hizo un esfuerzo. Incluso llegó a cerrar los ojos como para poder verse por dentro.

—No tienes que cerrar los ojos. Solo tienes que estar ahí dentro y también aquí frente a las cartas, pero no intentes retener nada.

No hubo ni un tono de misterio en la voz de la mujer. Era quieta, serena, pero no misteriosa. Se percibía incluso un ligero acento extranjero.

Daniela señaló la carta del centro donde figuraban dos gemelos debajo de un sol.

—Este es el sol que ilumina todo tu presente. Es el astro alrededor del cual giran todas las cosas en este sistema que se está construyendo en torno a tu persona, que tú misma también estás construyendo. Es lo que tienes a tu favor. Es como si tuvieras un eje firme desde el que intentas que giren las cosas, aunque no sé si lo consigues a juzgar por esta carta —en ese momento la mujer le indicó la que estaba en la parte superior de la cruz. En ella figuraba un hombre colgado de la rama de un árbol bocabajo, de un pie—. Puede que precisamente ese intento de querer que las cosas giren alrededor de su eje te haga perder el centro.

Después, Daniela señaló la carta que estaba a mano izquierda de la mujer.

—Esta es la del futuro. Es el caballero de espadas. Si quieres una buena lectura de ella, se ha de tomar con cautela. Es de mucho coraje y de mucho valor, especialmente en un esfuerzo intelectual. Pero cuidado, tanta energía, si se desborda, puede ocasionar problemas. Además, puede que sea contra naturaleza.

—¿Contra naturaleza?

—Sí, contra la tuya, contra la de una misma. El caballero de espadas puede llegar a enloquecer en el combate si pierde la distancia.

Daniela esperó a que le explicara más lo que significaba. No comprendía del todo. Pero la mujer enseguida señaló con sus dos manos las cartas que se situaban en la parte inferior y a la derecha. Continuó:

—Estos son el pasado anterior e inmediato. El emperador. Hay una gran figura paterna en su sombra que te sigue guiando y que tú has asumido. Y también está el sumo sacerdote. Es curioso que se sumen ambas en tu pasado. Aplicas todas las reglas aprendidas a pesar de ti misma.

La mujer extrajo una carta y la puso sobre la del centro horizontalmente.

—Esta es la que tienes en contra —continuó—. Lógicamente. El ermitaño. Corres el riesgo de encerrarte. Pero vamos a ver qué te motiva personalmente. Qué puede ayudarte a abrir la cancela de tu mente.

Sacó una carta y la dejó a la derecha de la cruz, después otra y otra más, así hasta cuatro que colocó de modo que formaran una columna.

—Bien. Tenemos la rueda de la fortuna. Un gran cambio se te avecina…

Daniela había dejado de oír la voz de la mujer. El agua del estanque reanudó su movimiento. El ruido de las barcas chocando contra el embarcadero se intensificó por espacio de unos segundos, al cabo de los cuales, remitió hasta silenciarse por completo.

—… Pero quizá no sea este el momento de contarlo. Eres muy joven.

Daniela observó las cartas de la columna. No había escuchado las últimas explicaciones. Todo le parecía muy general. Demasiado ambiguo, pero estaba segura de sacarle algún provecho, o eso esperaba.

—¿Ya está? —le preguntó a la mujer.

—Sí, ya está. No sé si te ha servido de algo. Me parece que no estabas muy atenta a mis últimas palabras.

—No, ha estado bien. Ha sido interesante, de verdad. Te pago, ¿de acuerdo? No creo que esté bien que…

—No me debes nada —le interrumpió la mujer.

Daniela y la mujer se miraron a los ojos. La mujer sonrió y recogió las cartas. Daniela también sonrió, aunque más bien parecía una sonrisa provocada por un acto reflejo. Habría deseado quedarse frente a esa mujer y haber mirado sin el pudor que estaba sintiendo, pero no consiguió mantener ni la mirada ni la postura que había adoptado desde hacía un buen rato. Un estado interior de inquietud le llevó a levantarse y seguir caminando, y así hizo. Se levantó, extendió la mano hacia la mujer y esta se la estrechó ejerciendo una opresión firme con los dedos.

Ya era demasiado tarde. Daniela se miró el reloj al tiempo que la mujer se levantaba también de su silla y se giraba para recoger la bolsa de deportes que tenía en el suelo a los pies de la mesa. Había transcurrido hora y media desde que Daniela salió de su casa y penetró en el parque.

—¿Llegas tarde a alguna parte? —le preguntó la mujer.

—Había quedado con unos compañeros de mi instituto —Daniela volvió a mirar su reloj.

—¿Lamentas haberte quedado? —preguntó la mujer de nuevo y empezó a cerrar la mesa.

—No.

—Nunca es una pérdida de tiempo. El tiempo no se pierde.

La mujer se colgó la bolsa a un hombro y se puso la mesa debajo del brazo contrario. Depositó sus ojos grises muy abiertos en los de Daniela. 

—Gracias —dijo la mujer.

—¿Por qué?

—Por haberme consultado.

La mujer emprendió el camino por la vereda del estanque que lindaba con la espesura de los árboles. Daniela percibió la creciente oscuridad que asomaba por encima de sus copas a lo lejos. El aire regresó, bailó sobre la superficie del agua brevemente y volvió a desvanecerse. Las farolas que rodeaban el estanque y los senderos comenzaron a brillar con timidez. Daniela entonces emprendió la marcha en el sentido opuesto al de la mujer. Tomó el camino que conducía al exterior del parque, hasta el lugar donde habían quedado sus compañeros. Se giró para ver a la mujer una vez más, pero la sombra de los árboles había engullido su figura. No había nadie. Se dio cuenta del repentino silencio, del repentino vacío y de la progresión de la oscuridad del cielo. Tuvo miedo de quedarse encerrada en el recinto y apresuró el paso entre las farolas que ya iluminaban con plena intensidad. A medida que avanzaba, sus oídos fueron recuperando el ruido de los coches, y sus ojos, el destello desmedido de las luces de la calle.

Daniela salió del parque y, por supuesto, en el lugar de la cita no quedaba ya nadie.

Leo, veo, escucho (1)

Acabo de leer

Guerra y paz, L. Tolstoi.

Admiro a Tolstoi en sus obras breves. Lo disfruto mucho. Sin embargo, en las extensas no siento la atracción suficiente como para seguir leyéndolo. Aun así, como lo admiro por su capacidad narrativa y por sus otras obras, breves y de pensamiento, siempre intento llegar hasta el final. Y esta vez lo conseguí de nuevo. Bravo Tolstoi y bravo por mí 😁


Estoy releyendo

Los hermanos Karamazov, F. M. Dostoievski.

Qué buen recuerdo. Aun así lo disfruto de una forma diferente. Redescubrir un autor y comprender por qué me gustó en su momento es un hallazgo. Comprender mucho de quién era yo en ese momento. Hola de nuevo, Fyodor 👋🏼


Leyendo

Un día cualquiera, Hebe Uhart.

Por recomendación. Me va gustando… 👌🏻